Oaxaca
La escritura o la vida?- preguntaba Semprum en el título de un libro. Su trauma era grande, el mío no, simplemente a veces no hay tiempo o no hay ganas, o se prefieren las cartas, más intimas, extensas y deslavazadas, o se está esperando el momento perfecto en el que la visión de los acontecimientos sea más honda, para no caer en lugares comunes, palabras corridas. Pero en fín, esta vez me apetece contaros, a estos amigos cercanos y lejanos, como fue mi festejo de fin de la radio, que se abren nuevos proyectos por el horizonte y espero despunten con éxito.
Por cierto, que me he encontrado una perra preciosa (bueno, ella me encontró a mi), ya está lavada y comida, es cachorra se llama Lolita, no tiene dueño y necesita mucho amor, si alguien la quiere…
Oaxaca
Salimos Cesia y yo el sábado a la mañana, o ya bien entrado el mediodía. Salimos desde Puebla, donde anda viviendo ahorita, a hora y media del DF. Como en los viejos tiempos nos aventamos un rai, esto es: sacar el dedo pulgar a ver quien para en la carretera o en la gaz. En seguida nos paró un hombre delgado de dientes bien alineados que iba en trailer, nos dejaba a 40 kilométros de donde estábamos, decía, en una caseta o en un comedero. Luego todo se fue articulando, las nubes estaban blancas y esponjosas, y la carretera brillante delante de nosotras, el viento soplaba un poquito y yo pensaba que ya habían terminado los madrugones a las cuatro de la mañana y que cuantas cosas bellas nos esperaban. Y si, también pensaba en que iba a hacer en lo sucesivo, pero sin angustia, porque hay chamba necesaria en camino…
Con un poco de valor volvimos a pedir rai en el comedero, comimos chiles rellenos, quesadillas, y un camionero nos depositó más adelante, y así, entre plática y plática, entre sueño y sueño, fuimos llegando a la ciudad de Oaxaca, ya de noche, pero nuestro destino era Juchitan, en el istmo de Tehuantepec, donde se celebraba la tradición zapoteca de las velas que, desde que me hablaron de ella, tomé como excusa para salir de viaje y conocer.
Eran ya pasadas las doce, había terminado la regada (una cabalgata donde muchachas avientan juguetes a los niños) y fuimos a Spinal donde se festejaba la ultima vela. Nadie contestaba completamente a mi pregunta de qué y de donde era una vela, de velada, me decían, porque antes se colocaban velas en los puestos de comida que ofrecen las familias. ¿Desde cuando? “Ah, no sé, mi mamá, mis abuelos, ya lo celebraban” era la respuesta, “pero de seguro ha de haber una fecha”.
Bailamos son, cumbia, merengue, regueton. Había dos orquestas y los trajes tradicionales de los que ya hablé. Tocados y mucho oro encima del cuerpo de mujeronas con flores y terciopelo. Se hizo de día y ahí estabamos, tomando cerveza y mezcal, y escuchando historias de cazadores y hectáreas de sembrado (de marihuana se entiende). Hasta la PFP acudió al baile a recoger a un presunto colaborador de los Zetas. “Hay gente que se hace pasar por zetas para extorsionar”, me decían. Nos ofrecieron casa, Cesia se fue.
Después había que descubrir el canal donde bañarse y los alrededores, y el mercado de Juchitán, lleno de carne, chocolate y agua de coco. Inmenso calor el del Istmo, un calor húmedo que te obliga a sudar. También iguanas comen por la zona. Iguanas y conejos!
Jugaron esa tarde noche los Pumas con Toluca la final de fútbol de la liga mexicana. Un televisión averiado y diminuto retransmitía el partido en una taquería. Y también conocí la radio “…”, nuestra voz, una radio comunitaria nacida de un colectivo ecológico. El río que pasa por Spinal se llamaba el rio de las Nutrias. “No lo conoce la gente por el río de los perros?” Antes el río traía agua abundante de la sierra, ahora tan solo perros muertos y casi nadie quiere bañarse en él. “Tiene mucha basura, solo hay un camión que pase a recogerla por el pueblo y no es suficiente” me contaban. El propósito de esta radio es cuidar el río, criar composte, mantener viva la lengua y tradiciones zapotecas…

A los dos días fui para la costa. Ve a Huatulco, me dijeron. Y allá fui, con un pequeño mapa de la guía sin saber lo que esperaba. Para ir a Huatulco tome un camión a Salina Cruz, allí contacté con unos y otros, era de noche y se había ido ya el último transporte hacia el norte, pero salía una camioneta particular, y nos montamos en ella, una maestro y yo, y mirando las nubes plomizas que desgarraba la luna fuimos llegando, curva tras curva. Pararon varios retener militares, pasan muchos migrantes ilegales por allá, me dijeron. Pidieron pasaporte, revisiones. “Andas sola”, “pues no, con los amigos”- respondí. Y que vas a decir, que se dejen de cuestionamientos los cabrones.
Después acampé en la playa. Huatulco es muy turístico, grandes hoteles, parada de cruceros, pero tiene una vegetación (selva baja caducifolia) hermosa, agua azul y piedritas blancas. A la mañana, un chavo medio loco me invitó con sus amigos a pescar. Sus amigos estaban más cuerdos que él. Fui. Y el viaje fue indescriptible. Allá no hablan chilango, sino su propio argot, así que cámara o carnal (amigo) se dice prichi.

El capitán del barquito era un negro de 1,50, que manejaba, nadaba y jugaba a futbol como dios. Acudimos a ver los delfines en manada, como hacían piruetas, como se lanzaban delante de la proa tan rápido que apenas si me daba tiempo a tomar fotos. El sol caía fuerte, y también había peces aguja que raspaban las aguas a brincos. Aprendí a pescar doradas, que se agitaban como locas hasta sangrar el cajón donde se las colocaba. Y acudimos a bucear a una bahía.
El animal más gracioso que he visto y tocado nunca es un pez globo. Todo el mundo debería tocar un pez globo, que es para ahogarse de la risa. Nadan más despacio que el resto por eso es fácil atraparlos un rato. Cuando los agarras se defienden afilando sus espinas, después se intentan fajar deshinchándose, tienen cara de puerco y unas aletitas ridículas y rápidas como de gelatina. Su panza es blanca, al menos de la especie que más abundaba en esas aguas, y te miran a la cara con terror mientras intentas tranquilizarlos o los volteas. Que vida esta, que divertidos los peces globo. También lo son las estrellas de mar, que se mueven como un brazalete animado y crean figuras en las palmas de las manos. Había cientos de caracoles diferentes, erizos y peces. Había bancos de pez navaja, doscientos y trescientos peces azulados, amarillos y negros que voltean al compas de las aguas, y muchos peces chicos y grandes, tranquilotes, histéricos que entran y salen de los arrecifes de coral, especialmente bonito uno azul y naranja, muy fluorescente y moteado, cuyo nombre desconozco, y otros pequeños y alargados que nadan alrededor. Verlos bajo el mar, con esas burbujitas que suben de las algas al respirar, es….
Mientras buceábamos, entrábamos y salíamos de grutas de piedra rosada, que acostumbran a llamar “de los murciélagos”, “el chilango” el asistente del capitán, hacía sus pinitos al nadar. “Pinche pescado” gritaba cuando le mordían al pisar el coral. “Pinche pescado”, gritaba muy alto. También era muy gracioso porque las gafas de buzo le quedaban grandes y le hacían una inmensa narizota, y quebraba (parecía el personaje cómico de una película dramática) el ambiente calmado y de espiritualidad de las aguas…. Que contenta andaba yo y cuantas rajas me hizo el coral filoso. Por la noche fui a ver jugar a un equipo de la costa, cantera esporádica de equipos de primera y ganó el equipo de los lancheros, que así se llama a quienes manejan barcos, ya para pescar, ya para el turismo. Y celebramos con chelas y toques.

Al día siguiente también salimos en barco. Sucedió algo digno de narrarse. Y es que mandamos cocinar unos pescados que nos agarraron, allá me contaban como la gente anda marihuana, como se conoce todo el mundo de una bahía a otra, haciendo una comunidad de unos 600 residentes, y hablábamos de cómo nos veíamos. “Saliendo de tu mundo”, le decía yo al capitán, parco en palabras. El capitán que salió de una comunidad selvática al norte, Chacahua, a los 12 años, para no regresar por un tiempo…y entonces él me contó que en un tiempo fichar el Pachuca, pero que no podía vivir lejos del mar, “pero mira”, me dijo, y me señaló un balón a su lado. Me dio a entender como a cada lugar que llegaba le ponían un balón para que echara unos toques, era muy conocido en la zona y entonces yo me quedé perpleja. ¿Cómo narrar la distancia cultural que separa dos mundos tan distantes? Después le pregunté si leía la prensa…solo por saber qué tanto innecesaria es allá. Y me dijo que cuando salió su equipo…y de vez en cuando compra el Sol del Istmo. No sé cuanto es de vez en cuando, pero algo me indica que es cada dos meses y todo es una evidencia de las fronteras que alejan unas realidades de otras. El dueño del bar nos invitó a comer, porque él era quien era.


Después me fui para la Sierra casi sin pretenderlo, porque camino a Oaxaca ciudad se hizo muy de noche, y decidí apearme a ver qué encontraba en San José Pacífico. Salí medio dormida del autobús, entonces me di cuenta de que el autobús andaba llena de mujeres oscuras y arrugadas como la noche, y que cargaban cestos de comida, o telas, o ojos brillantes. Toque suelo y sentí que el lugar estaba encantado. Un chico, que luego resultó ser chica, me preguntó que donde iba a pasar la noche, y por acompañarlo renuncié a plantar mi tienda en el pasto y nos encaminamos loma arriba a ver si alguien contestaba. Llevabamos como cinco cuadras andadas y de repente, de la oscuridad, salió una viejita encorbada, sin muchos dientes y de melena gris que le colgaba enmarañada por la espalda. Era Catalina, una sevillana que vivía desde hace años en la sierra y que nos dijo con tono agudo y quebrado que tenía habitaciones. Al entrar en el salón, mi sorpresa fue ver un batiburrillo de objetos de todo el mundo colgando del techo y las paredes, telas de la india, azucareros árabes, peluches inciertos, y cómodas hamacas, dibujos de duendes, setas, soles, arcoiris de fondo azul,. Detrás de un cuadro volteado del greco aparecían libros mugrosos sobre la estantería. Cuando todo el mundo se fue a dormir, tomaría Iluminaciones de Rimbaud, para leerlas consternada recordando sus viajes por Somalia cuando era traficante de armas y esclavos en busca del sol y seco de palabras con su pierna agarrotada. Sobre los tres sofas de la estancia, platicaban un argentino y un mexicano de mundo nacido en Texas. Dos chicas miraban al vacío, sonreían, y un muchacho nos acompañó a las estancias superiores donde había unas camas comodísimas bajo la pared de madera con más inscripciones, los viajes de la gente a la montaña, en donde decían, hay una puerta a la cuarta dimensión. La mañana se verá bonita, me dije mirando al valle brumoso y oscuro, con olor a pino.

Y la mañana se veía hermosa.
Tal y como habíamos acordado la noche anterior, fuimos a un Temascal, el baño sagrado de los pueblos prehispánicos, una sauna construida sobre la tierra con palos, paja y lodo. Allí (yo soy un poco escéptica a estas cosas, pero la cosa tenía su gracia) invocamos a los siete vientos, y entramos en el vientre de la tierra. Las piedras calientes del hoyo central supuraban vapor al arrojarles agua enjuagada en pericón, alcanfor y gordolobo, y nosotros sudábamos al tocar el tambor. El mexicano de mundo estaba a mi derecha, su cabeza enrojecía ya que no tenía piel con poros por los que sudar, y es que en varios accidentes y en una balacera de Brooklyn se quemo el torso y le implantaron la piel de sus piernas en la espalda y piel de muertos, con tal suerte que hasta portaba un tatuaje de otro. En qué hospital de qué parte del mundo le colocarían un tatuaje ajeno, me decía yo. Pero si ha sobrevivido a las bolas de coca reventadas desde el vientre en un avión camino de Alemania, a qué no sobrevive. El hombre reciclado, decía uno. El mexicano de mundo era muy simpático, la vieja Catalina le llamaba “el guapo”.



Aunque en casa de la vieja Catalina, que cantaba flamenco con su voz de fumadora, se jugaba al ajedrez y se descansaba de los tumbos del mundo urbano como en ningún otro lugar (hasta tal punto que muchos de los que llegaron con la idea de quedarse un día permanecieron dos semanas y tres meses) continué el camino. Para otra las cuartas dimensiones, me dije, y la sierra colgada, y allá, en los valles, cerca de Mihuatlan me encontré con las carreteras cortadas por varias comunidades que protestaban porque el alcalde se había llevado un hospital de especialidad en mujeres a otra comunidad. “Ya habíamos conseguido que el gobierno federal lo adjudicara”, me decía el comité de mujeres de Guixé, “cuando Juan Juan se llevó la obra, nosotras lo necesitamos, porque no podemos estar pagando un viaje a Oaxaca, dos horas, para una masteografía, un parto, una enfermedad a veces urgente” “Muchas mujeres han muerto por eso”, afirmó una señora. “Y se necesita inversión en el pueblo, el hospital iba a dar muchos trabajos”, corroboró un hombre alto, de nariz grande y sombrero.
En la carretera se sucedían las camionetas paradas, del trailer donde viajaba bajaron los pasajeros y se echaron a andar. “¿Vienes?”, “No, me quedo un rato a ver que pasa”, dije mientras preparaba la cámara de fotos y la pluma. Alguna gente pensaba que eran los maestros, pero las comunidades no tenían pinta de maestros. Caminé de un lado a otro, un viejo en un camión gritaba “les comprendo, estamos en la misma lucha, pero estas no son maneras”. No había agua, el sol pegaba, pero algo sucedería. “Nos quedaremos acá una semana si hace falta”, decía una señora, “hasta que venga Juan Juan a negociar”. Los traileros ya habían prendido la música y habían comenzado a tomar a la sombra de los arbustos, algunos con garrafas de agua “¿Qué otra cosa toca?”

La comunidad Guixé quería una mesa de negociaciones en la que estuviera presente Ulises Ruiz, gobernador de Oaxaca, y la expulsión de Juan Larraz de la “presidencia” de Mihuatlan. Había revuelo y debates, dejamos pasar a este carro en el que va un enfermo, y este con la mujer embarazada. Mochila a la espalda, cruce con una pareja que iba a Oaxaca, me debatí entre quedarme o irme, pero antes de que yo preguntará ellos dijeron “Vas para Oaxaca? Venís?”, y dije si, pues si… Y nos aventamos con el cuatro por cuatro monte arriba, entre espinos y piedras hasta el cerro. El señor miraba a un lado y al otro, buscando una salida al cerro, donde estará el camino que sigue, y se lanzaba cerro abajo y cerro arriba hasta que dimos con un camino de piedras punzantes que poncharon la yanta. “Antes de que se desinfle del todo, corre!”, pero por donde habíamos de pasar estaba bloqueado por una camioneta atrancada en el lodo. Un campesino ruco ayudaba al conductor a limpiar las ruedas con un gran palo y el motor de la camioneta sonaba con impaciencia. Ahí nos quedamos. Mientras sonaban los primos en el casette la rueda ponchada no quería salir de su engranaje porque los tornillos estaban barridos y el conductor de la camioneta azul se fue con el señor a buscar herramientas. Para hacer tiempo y aprovechando la ocasión acudí a reportear, pensando como demonios me las arreglaba para estar ahí. Llegó un periodista de Oaxaca, muy entrado en el tema, que había vivido todo el movimiento de la APPO y me contó de la mala situación de los hospitales en la región, sin infraestructura, sin medicamentos y con una miseria de sueldo para los médico, y un conductor de trailer trató de malas maneras de sobrepasar la barrera de piedras y palos instalada en la carretera. Allá acudieron hombres con machete a gritarle, la gresca que se armó se oía al otro lado de la colina, algunas mujeres chillaban “déjenlo en paz, es un civil mexicano”, pero el conductor arrancaba, no quería hacer caso a la multitud que se tomó la justicia por su mano a base de grandes piedras para reventar lunas y cuchillos para partir las ruedas. Lo atrancaron. Una multitud parada bajo los árboles miraba. El conductor quería salir. “Lleva pistola, lleva pistola”, sonó de repente y algunas mujeres recogieron a sus hijos, no vayan a llover balas, Jesús lo que falta. Cuando consiguió escapar a base de acelerones angustiados, unos cuantos chavos lo corretearon…
Y así, yanta arreglada, llegué a Oaxaca, y de Oaxaca a México y me atrapó la noche y el último trailer que tomé fue uno que arrastraba un coche averiado y avanzaba bajo los volcanes a 30 por hora, y me dejó cerca del metro Zaragoza y allá, con el ángel de la suerte bien alimentado, llegué a la Torre Mayor…
Me alegro de hacerle caso a ese chico que me dijo en una fiesta: viájale, conoce México, cuando lo hagas no querrás salir…
Continuará.

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